Prólogo.
La luna llena brillaba majestuosa sobre las nubes. Allá abajo, en la
tierra, no podía apreciarse en su totalidad, el oscuro cielo nublado impedía
que el hermoso circulo plateado se dibujara ante los ojos del mundo, pero la
cosa era completamente diferente en las alturas; una ciudad se alzaba por sobre
las nubes que se abultaban a la punta de
una torre, cuya base no podía verse desde lo alto gracias a los enormes cuerpos
nubosos que arremetían violentamente contra su estructura y se partían sin más,
dando cuenta de su innegable suavidad; aunque gigantescos, aquellos cuerpos
grisáceos tenían la consistencia del humo y eran arrastrados sin parar por el
viento. Tan interminable era su ir y venir en torno a la torre que era
inevitable que se arremolinaran en torno a ella.
Entrada la noche, todo era silencio y
tranquilidad por las blancas calles. Los caminos, las casas y demás estructuras
estaban construidas a partir de «nube
solida», un material particular de la ciudad blanca. A esa altura y con un
cielo tan despejado sobre ella, la luz lunar podía lastimar los ojos de quien
la viera directamente, excepto los del forastero que caminaba en medio de la
gran calle principal de la ciudadela, aquella que conducía hasta la entrada de
un templo. Tendidos tras él, esparcidos y marcando sus pasos, yacían
inconscientes los cuerpos de los vigilantes nocturnos. La sangre brotaba
ligeramente de todos y cada uno de ellos, pero aún conservaban la vida; no era
que aquél visitante quisiera acabar con sus vidas esa noche, pero le gustaba
dejar presente la marca de la derrota en sus oponentes, un pequeño recuerdo que
le dejara claro a todo aquél que osara interponerse entre él y sus ambiciones que debía desistir de hacerlo una segunda vez.
Su andar era silencioso, tan apagado como el desliz de una sombra, si él lo
hubiese deseado bien podría haber pasado desapercibido, pero no esta vez,
estaba entre algo que anhelaba más que otra cosa en el mundo, y el jamás se
ocultaría frente a su más profundo deseo; los de sus especie rinden culto a la
luna desde muy temprana edad, y allí estaba ella frente a él, como si con el
simple hecho de extender sus garras pudiera tocarla y desgarrarla. En su
interior hervía el más profundo instinto de soltar un aullido, penetrar en el
silencio como lo hubiesen hecho ya sus colmillos sobre la carne en incontables
ocasiones y saborear los fríos destellos plateados como la sangre de sus presas
al devorarlas.
La culminación de un sueño, la conquista de
una vida; el cuerpo celeste lo llamaba a cada paso con más fuerza, erizaba su
pelaje tal y como hacía subir las mareas. Subió los escalones que se hallaban
al final de la calle para entrar al templo, dejando un par de cuerpos más
tirados en su camino. Una vez dentro del templo se percató de que este estaba
sólo compuesto por la entrada, cuya forma era un arco enorme con adornos en
espiral, representando el flujo caótico del viento en su incesante marcha
continua. Era el final del trayecto, apenas se podían dar un par de pasos tras
haber cruzado por debajo de la estructura y nada más, a menos de que el Lobarrón pudiese volar, lo único que
aguardaba para él era una caída al vacío, acompañada por un espiral
interminable de nubes grises. Silencio. Todo era tranquilidad, él aún esperaba
que algo sucediese o apareciese en cualquier momento, y sin más, se echó sobre
sus cuartos traseros en la fría nube sólida que le servía de apoyo entre él y
la muerte. Sacó de entre su pelaje, el cual le adornaba a modo de túnica, una
botella de cristal que emanaba vapor frío y un par de cuencos, vertió el
líquido de la botella en cada uno de ellos y comenzó a sorber poco a poco la
bebida del suyo mientras apoyaba el otro en el suelo y lo empujaba con su pata,
como ofreciéndole un trago al abismo. Más silencio. En unos segundos, que
parecían horas, de entre el arremolinado cuerpo nuboso, surgió la punta de un
cuerno gigantesco que no tardó en ir creciendo a medida que se abría paso entre
el humo y fue seguido por una enorme cabeza blanca de ballena, la cual se
encontraba llena de grabados con una tinta de color azul metálico. La ballena
dio una vuelta completa, cómo si buscase ponerse cómoda en aquél espacio enorme
que a ella le resultaba insuficiente. Una vez en posición, fijó su mirada en el
pequeño intruso que había venido a visitarle: un lobo negro de pelaje y largos
faldones, de su cabeza se asomaban dos fuertes cuernos de carnero, de su boca
surgían afilados colmillos, sus patas y su pecho estaban tintados de un limpio
color plateado, su cuerpo mostraba numerosas cicatrices; una cruzaba su pecho,
otra le partía el labio y seguía hasta su mejilla, todas y cada una de ellas
eran pruebas que apremiaban su experiencia en combate.
Ninguno de los dos sentía hostilidad hacia el
otro, y si bien aquella ofrenda en forma de bebida eran si acaso unas cuantas
gotas para el enorme leviatán, lo consideraba un gesto muy cordial. Tampoco
sentía la presencia de la muerte, así que sus fieles guardianes aún verían
brillar el siguiente amanecer, pero su visitante se había visto en la necesidad
de procurarles un par de horas de sueño extras. Algún motivo debía tener para
tomarse tantas molestias y, sin pestañear, fue el lobo quien inició la
conversación sin apartarle su mirada de colores azul y ámbar en ningún momento
—Tengo un favor que pedirte —dijo, tras dar el último trago a su cuenco
—durante mucho tiempo había estado buscando este lugar, —se interrumpió para servirse
un poco más de líquido, —un lugar tan
próximo a la luna como para poder conversar con ella. Suspiró de manera áspera.
La enorme ballena sopesaba las palabras del lobarrón,
mientras por debajo del cuenco que le había sido ofrecido brotaban decenas de
pequeñas manos que lo cargaban y elevaban en el aire, dirigiéndolo lentamente,
tambaleante, hacia su enorme hocico. El gigantesco cetáceo hizo una mueca,
aquella minúscula cantidad de la bebida había sido suficiente para despertar su
lengua y la había encontrado particularmente deliciosa. Dejó escapar de su
espiráculo un enorme vapor, tan grande y espeso que se convirtió en una nube de
gran tamaño una vez que fue arrastrado por el viento — ¡Vaya que saben beber en
el mundo de abajo! —dijo, relamiéndose mientras su voz resonaba por todo el
lugar —Así que quieres conversar con la luna, ¿he? Nunca había escuchado nada
semejante. No sé si eso sea posible, para mi desde luego que no lo es. —Las
manos de humo volvían a brotar del suelo y servían más líquido para el
leviatán, el cual se apresuró a beberlo, para luego servirse un tercer trago.
—Una botella no me es suficiente, a cambio de llevarte ante la luna, tendrás
que venir aquí cada año a entregarme un barril completo. El lobarrón no cabía en sí de la
excitación; todos sus instintos arremetían contra su piel, exigían que se les
dejara libres, pero él debía apretar la garganta y ser fuerte, aún no era el
momento; por fuera seguía mostrando la calma y serenidad más absolutas.
Después de prometerle a la gigantesca
criatura volver con los barriles más grandes que pudiera cargar en su espalda,
la ballena le indicó que saltará sobre su lomo. Así lo hizo él. La enorme
silueta de la ballena se dibujaba en el oscuro cielo azul, y otra más pequeña,
la del lobarrón, la coronaba en el
firmamento. El leviatán nadaba por el cielo, las nubes le obedecían y formaban
para él un camino dentro del cual podía mover sus aletas y seguir subiendo cada
vez más en la inmensidad. Con el lobarrón
a cuestas, habían subido ya tanto que todo sonido, incluso el viento, había
muerto; la temperatura era tan baja que se asemejaba a los inhóspitos países
del norte, aquellos regidos por el hielo, inmersos en una noche eterna y donde
las estrellas y la luna eran siempre visibles, siempre lejanas para él, pero
ahora se encontraba tan próximo a ellas que sentía que podría comérselas si así
le apeteciera. La ballena giró en torno de sí, habían llegado al punto más
lejano que le era posible. El lobarrón avanzó por el lomo de esta hasta llegar
a la cola, la cual estaba extendida para que este pudiera subir lo más posible,
se echó sobre sus cuartos y alzó el hocico, no al cielo cómo había hecho
durante toda su vida, está vez se encontraba incluso por encima de ello, podía
sentir las voces de los astros que lo llamaban y esta vez no pudo evitar
responderles. Intempestivo, contundente, el aullido más fuerte de su vida acabó
con aquél silencio, la fuerza de sus pulmones era tal que uno podría jurar que
aquél lamento se había escuchado en cada rincón del mundo. El mundo está lleno
de misterios, pero más misteriosa es la vida misma, nadie puede ir en contra de
sus deseos, la ballena había tenido una larga vida, era imposible no haber sido
testigo de cosas como aquella, pero no podía evitar sonreír de júbilo ante la
particularidad de la escena de la cual estaba formando parte; si bien ella no
podía entenderlo, sabía que cada ser en este mundo ve al mismo de una manera
completamente diferente y no hay un solo par de ojos que vean las cosas de la
misma manera. Aquella noche sería una que nunca olvidarían.