La mesera y el viajero.
Había comenzado a llover. Mala suerte, pensó para sí la muchacha, pues la cafetería donde trabajaba se encontraba particularmente vacía y esto le significaba a ella que no debía esperar mucha gente por el resto de su jornada, puesto que las lluvias en la ciudad tendían a durar la mayor parte del día. Aunque dentro y fuera del establecimiento había una rica variedad de plantas y flores, había que mantener el lugar lo menos húmedo posible, ya que el Sr. Moustache, dueño del lugar, era un ferviente amante de la lectura tanto como de la botánica, haciendo de su negocio mitad jardín, mitad librería, y había que mantener a los libros a salvo. Se apresuró a colocar un par de cubos en los puntos donde las goteras gustaban hacer acto de presencia y de cerrar las ventanas, además colocó un par de protectores de plástico sobe algunos estantes.
Un lugar donde poder comer algo ligero, leer un buen libro y relajarse en un ambiente natural, era así como los habitantes de la ciudad describían a este lugar, y si bien esto no lograba convencer del todo al joven viajero que acababa de visitarlos, lo cierto era que el lugar parecía tener buena pinta. El muchacho tuvo tal suerte, que la lluvia solo arreció su caída contra la banqueta en el momento en que este se encontraba bajo el marco de la puerta en la entrada de la cafetería. Como no llevaba una sombrilla consigo, supuso que su estancia ahí se prolongaría mas de lo que el habría deseado, así que antes de sentarse en una de las mesas al fondo, buscó entre los estantes algún libro que leer. Quedó absorto en su lectura de una manera tan rápida, que no se dio cuenta de lo mucho que tardo Ciel, la única mesera en la cafetería en atenderlo.
– Buenos días,
¿te apetecería ordenar algo ahora? – inquirió la muchacha, con un gesto amable
que rápidamente se convirtió en una mirada de extrañeza, la cual intento
disimular rápidamente. Él bajo el libro para encontrarse con la mirada de la
joven que lo atendía, no se había dado cuenta de que ella había notado algo
raro en él. Le preguntó si tenía algún café dulce, y no muy caliente. Después
de eso, siguió con su lectura mientras esperaba su taza. La muchacha fue a
preparar la bebida detrás de la barra, y sin apartar la mirada de ese cliente,
tan extraño para ella, le pregunto al dueño del lugar:
– ¿Usted no
nota nada raro en él, señor? –
–
¿Algo raro en quién? – Dijo un señor regordete, que se encontraba limpiando un
par de tarros de cristal en el fregadero, al tiempo que volvía su mirada a la chica.
– En él, ese
joven de aquel rincón. El de ropas oscuras que está leyendo. – Dijo ella,
señalándolo con un gesto de su mirada. Después de examinarlo por unos segundos, el robusto
hombre regresó a sus labores, al tiempo que le respondía:
– Obviamente
no es de por aquí. Asegúrate de que tenga dinero antes de que pida algo más,
solo alguien con muchos fondos puede darse el lujo de viajar sin que sean
vacaciones. Recuerda que ya nos jugaron una mala pasada la última vez. –
Refunfuñó mientras terminaba de secar los trastos y de colocarlos en la repisa.
– No me refiero a… – Pero ella se calló, después
de pensarlo bien, lo que ella había visto en él era algo que podría parecer muy
raro para las personas, y pensó que sería mejor guardárselo para sí misma. El
café estuvo en un periodo de tiempo más corto de lo habitual, pues el muchacho
había dicho que no quería tomarlo demasiado caliente, cuando fue a llevárselo, sin despegar su mirada del libro, el chico comenzó a hablarle:
– ¿Has leído
esto? “Es en la más profunda oscuridad
que nuestros ojos son capaces de apreciar el destello más débil.” ¡Lo que
hay que leer!, y bueno, no te preocupes, por supuesto que tengo con que pagar.
¿Sabes? Me está entrando hambre, ¿sirven aquí algo de comer? Me gustaría
llevarme este libro también, es algo grueso y no creo poder terminarlo durante
mi estancia aquí, pero la historia es tan interesante que la verdad no me
gustaría dejarlo a medias. – Sin dejar de hablar, comenzó a buscar en uno de
los bolsillos de su pantalón, del cual extrajo una cartera negra. Tomó un
billete y se lo dio a la muchacha. – No sé qué tan caro sea este lugar, pero
supongo que esto será suficiente para un par de cafés más, un bocadillo y este
viejo libro, ¿a que sí? – El cliente, que había sido muy callado hasta ahora,
resultó ser bastante animado, esto, y que él de alguna manera escucho lo que su
jefe había dicho, la dejó algo confundida y aún más interesada, no solo por el
hecho de que parecía llevar bastante dinero encima, sino que lo que ella notó
desde el primer momento que lo vio era cada vez más raro conforme más lo
miraba.
Pasaron las horas, y la lluvia no se detenía.
Esto, para el muchacho que no llevaba consigo una sombrilla era un problema.
Empezó a entrarle sueño, era raro aun después de haber tomado tres tazas de
café, pero ya no lograba concentrarse en su libro. Todo lo que podía ver era el
jardín tras la ventana – Quien quiera que haya tenido esta idea, debe ser
alguien genial – dijo para si mismo, después de todo, a pesar de haber
recorrido ya una buena porción de mundo, nunca había visto una cafetería con
libreros como paredes y jardines, tanto en el interior como en el exterior. Era
un lugar en el que se podía estar realmente a gusto. Casi había caído dormido
cuando lo despertó la misma voz que lo había interrumpido recién empezó a leer.
– Disculpa, ya
tienes mucho tiempo aquí y supongo que lo que te detiene es la lluvia – dijo la
muchacha, despertándolo a propósito – La mía es lo suficientemente grande para
cubrirnos a los 2, y podemos comprar otra para ti en el camino. ¿Tienes ya
donde pasar la noche? Yo conozco un buen lugar no muy lejos de aquí – y se
sentó, esperando a que él espabilara. – Las lluvias en esta ciudad son eternas…
al menos en la temporada de lluvias. Ya estamos acostumbrados – siguió diciendo
ella – Está bien – contestó el, después de un sonoro bostezo – Si no empiezo a
caminar pronto, moriré de sueño.
–Soy Ciel, ¿y
tú?
–Yo me llamo
Loup.
–Muy
bien Loup – contestó Ciel, como quien
está a punto de decir algo interesante– ¿por qué no tienes sombra?